Sal gorda

La actualidad metereológica se impone con nombre de mujer vintage, Filomena, con un poderío de copos de nieve de todos los tamaños, invadiendo altitudes poco habituadas a bregar con una borrasca de su magnitud. Camioneros “embolsados” en áreas de servicio, dicen los informativos de cualquier medio, ahítos de contenido distinto a la inacabable pandemia y lo que nos queda. Trabajadores al volante de regreso a casa, paralizados en las impresionantes rondas madrileñas, aguardando a los rescatadores de las distintas emergencias. Otros asalariados, los de la sanidad, en su permanente cruzada contra el SARS-CoV-2 desde hace casi un año, redoblan esfuerzos, en todos los sentidos, dotando de nuevo significado a la continuidad asistencial (gracias). Para otros, ver caer los desiguales cristales de hielo desde la confortabilidad, es una experiencia única a orillas del Ebro, tan envolvente como relajante, si no tienes que salir a romperte la crisma. El resto, voluntarios amenizando las redes con instantáneas de su paso por las irreconocibles calles, dejando testimonio una vez más de lo que aquí se entiende cuando se recomienda algo, exactamente, justo haz lo que te apetezca. No están las urgencias para fémures rotos, o para TCE.

La cuarta pared

Desde que volvieron a abrir las salas de cine, ya ni recuerdo en qué mes, he intentado acudir con regularidad. Suelo reservar butaca para la primera sesión, poco frecuentada de por sí, entre semana, para lograr aumentar al máximo el efecto buscado: desconectar lo más rápido de mi rollo para sumergirme en la historia que tengan a bien contarme, si es que hay alguna, o a deleitarme viendo y oyendo sólo lo que salga de ese telón mágico llamado pantalla, cuando las luces se apagan. Sin ánimo de establecer clasificaciones, Tommaso de Ferrara, con el superlativo Daniel Defoe haciendo de su alter ego por una Roma tan atrayente como siempre, me mató sonriendo y mirando a cámara crucificado, qué tíos. Nolan y su Tenet, vista dos veces, debió influirme lo suficiente como para revivir la experiencia, quien pudiera ir hacia atrás a rematar malos y hacia adelante a recompensar a los buenos y/o viceversa. Lo jodido de esto es que suele uno regresar para machacarse la cabeza con los errores cometidos, pero esa es otra peli. La última que vi, In the mood for love, de Wong Kar-wai, en vose, o sea en chino, creo que me hubiera dado igual que fuera muda, con la música de Umebayashi sonando desde un lugar indeterminado de mi memoria llenando todo, sumida en la contemplación de la belleza de las imágenes, de sus protagonistas. Cuánto arte cabe en una sucesión de escenas tan reveladoras dentro de su misterio, cuánta confianza en el sencillo pero entregado espectador, apelando a su propia vivencia del amor para entender, claro está, cualquier otro amor en el mundo, que vuelve a ser el de uno, probablemente. Eso, es el meollo, el resto de malestares tan nuestros, no os los cuento.

Et in Arcadia Ego

Me pasa que desde que estamos en pandemia, ya no veo a los zombies como antes. No los culpo, ellos juegan su papel desde hace tiempo en nuestras consideraciones vitales, lo que ha cambiado ha sido la vida que llevamos. Rick Grimes ya lo sabía desde la primera temporada de The Walking Dead, se lo dijo al oído aquel científico superviviente en el CDC de Atlanta, todos estaban muertos aunque siguieran vivos, ya que eran portadores del mismo virus que había convertido en zombies a los antaño vecinos, amigos, familiares, etc. al morir. Reconozco que ver correr a Rick con su sombrero y sus pistolas era un espectáculo bastante apetecible, tanto como darme cuenta de que veía la serie, que está pendiente de estreno de su última temporada (la 11ª), sobre todo por esa ambigüedad, en el fondo tan determinista, es que están todos muertos, pero no lo saben. Y qué hacen, siguen empeñados en sobrevivir, en doblegar las odds, complicadas. Se lo curran contra su propio destino, el reflejo de ellos mismos buscando su Arcadia, no podría existir sin tener enfrente a los que no lo consiguieron, tan parecidos, tan diferentes. Todos en el mismo mundo, que alguna vez habitaron en modo muy distinto. Ya no es suyo. Evanecescencia que no ha de volver y aun así, sonreirán.

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