José Antonio Labordeta – Abrí todas las puertas (Pequeña libertad) de su disco “Que no amanece por nada”

Verano del 20

En el interior, en concreto en el llano, el verano es infernal. Las criaturas que habitan estas áridas tierras suelen desaparecer en dirección a la costa dorada. Este estío no ha sido la excepción a pesar de todo, – hay que entenderlo -, aquí en el páramo no se puede respirar en plena canícula. Aun así, en general la mascarilla ha sido la triunfadora de la temporada, lo cual tiene mérito, más de 350C, humedad relativa alta. Penitenciagite.

Ordesa

Cuando el resto del país prácticamente se desperezaba del confinamiento y las sucesivas fases, por aquí ya estábamos de subida. En previsión de un empeoramiento de la situación, opté por huir al pirineo oscense, refugio tradicional para el resto de conciudadanos no tan playeros. Así pues fuímos a parar a Torla, el pueblo a los pies del Parque Nacional de Ordesa y el Monte Perdido.

Torla ( Huesca ) – [By Aglaya72 – Own work, CC BY-SA 3.0 es, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=40599157]

Como es preceptivo, visitamos el parque de Ordesa, al que sólo se podía acceder hasta la famosa pradera del mismo en autocar. Hablamos de principios de julio, había bastante afluencia, de diferentes nacionalidades. Como en Aragón ya era obligatorio el uso de la mascarilla, aun pudiendo mantener la distancia de dos metros, allí estábamos algunos, esquivando las piedras del camino, subiendo cuesta y resoplando alegremente por debajo del imprescindible atavío. Maravillosas las fresitas silvestres.

Imagen de hjrivas en Pixabay

En el Casco

De vuelta a la depresión del Ebro, a la ciudad bañada por tres ríos y azotada por el viento del norte (el Cierzo), que entra por la corredera en cualquier momento del año, retándose a sí mismo según avanza por la cuenca kilométrica, para desvarío y deleite de sus habitantes. Al páramo de mis historias; lugar de contrastes climáticos pronunciados, gentes diversas – afines a pisar la calle – y juntarse; a la ciudad repleta de iglesias de todos los tamaños y estilos, especialmente en el barrio antiguo. Podría seguir, quizás otro día.

Un largo verano pandémico en la ciudad, asfixiante a ratos, no me quejo, sólo relato. Las ídas y venidas a la plaza de más arriba, al lado del descampado con la higuera que no da frutos, lo cual me inquieta. El aire que entra silbando por la calle, permitiendo algo de desahogo mientras miro el móvil. Allí me he visto a lo largo del verano en busca del refresco, pero sobre todo de la exclusividad de la quietud, tan difícil de encontrar en un barrio de espíritu callejero como este. También lejos del escrutinio al que nos sometemos desde que volvimos a pisar las calles, distancia, mascarilla, escaneo rápido. Me anulo (desactivo) temporalmente como ciudadana en la inacabada plazoleta.